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martes, 7 de diciembre de 2010

Respingo

Estaba sentada esperando que pasara un subte decentemente espacioso. Sentada, en medio de uno de los bancos de chapa con agujeritos de la línea B. Y en eso, me siento impulsada hacia arriba de golpe: una señora se había sentado en el extremo derecho del banco, más bien, se dejó caer arriba de banco. No pasó ni un minuto que me sentí de nuevo impulsada hacia arriba contra mi voluntad. Un viejito corpulento hizo lo mismo a mi izquierda.

Me rehúso a creer que fue casualidad.

La dieta

A la vuelta de mi casa había una dietética. Después cerró. Pusieron una librería que no prosperó.
Ahora, una heladería.

Pero el cartel colgante todavia dice "Dietética".

domingo, 7 de febrero de 2010

Murgas en el corso de la avenida San Juan

De ese lado del vallado.
Bailan vestidos de gala, revolean las piernas. Sacuden los hombros con ganas, el sudor atraviesa las caras sonrientes. Tocan bombos y platillos. Un joven con voz más gruesa que la permitida para su edad, canta como arrabalero. Bordaron con brillantes sus íconos, una suerte de insignias de guerra: el Gauchito Gil, Tweety, nombres de seres queridos, corazones, Maradona, el escudo de Platense, el de Independiente, el de Vélez, el Mono Mario, la Virgen María, Homero Simpson, el pato Lucas, y muchos otros más.

Ahi nomás, del otro lado de la valla.
Hay viejos con trajes de lentejuelas, viejas gordas llenas de brillo, vida y bizarra sensualidad, adolescentes, adultos y niños tan chiquitos que casi no les salen los pasos. Todos se dan licencia para entregarse con inocencia a un baile que me recuerda a pasos muy primitivos, lejanos del cemento de hoy, cercanos a la tierra.

De este lado del vallado.
Nosotros bailamos al compás, miramos los bordados y a los niños chiquitos. Aplaudimos junto con todos los que también están mirando. Cada uno aprecia lo que le conmueve más. Soñamos a nuestra manera, intentamos transformar una mañana gris en noche estrellada. A nuestras espaldas chicos y chicas se tiran espuma en aerosol, y también nos tiran a nosotros.

Es una bendición encontrar lo que te entregue a la inocencia gozosa, al disfrute hasta la médula, ahí, donde el corazón late, y ni las arrugas ni el tamaño cercenan el ritmo.

sábado, 16 de enero de 2010

Lunita Tucumana

-Yo no le cantóalaluna...porquealumbra nadamás...lecantopor quellasabe....demilar..go ca...minár...

La canción se escuchaba desde la boletería más o menos. Bajé las escaleras del subte C y ahí estaban, un señor con guitarra sentado contra la pared al pie de la escalera y su hijito, de rodillas con los talones sobre la cola, igualmente rapado que el padre, prestando atención a la letra, ansioso de intervenir en los coros con su voz chillona y seria.

El padre, canoso, curtido por el sol, los dedos gruesos como de cuero y precisos con las cuerdas, cantaba como un arriero que había estado de verdad en Tucumán, como alguien que había dormido alguna vez sobre la tierra y había sentido crecer las plantas que serían su alimento y su refugio. El hijito, quería parecer juicioso, pero amagaba cada tanto sugerirle al padre una canción.

-¡Ahí vá la segunda!
El hijito hacía palmas.

Frente a ellos otro niño los miraba fijo. Ropa linda, zapatillas caras demasiado gastadas para el uso que le pudiera dar, carita morena cansada, los ojos grandes con pestañas abundantes. Pensativo. ¿Haría cuentas de cuántas monedas había en el estuche de la guitarra? ¿Se estaría tomando un respiro de su día a día bajo la tierra?

La gente pasaba y sonreía.

-Yo voycantandóy cantáaaandooo...quées mimo do dealumbrar...Yo voy cantandóycantandoooo...quées mimo do dealumbrar...